Ahora qué hará doña Fabiola

Recuerdo que cuando tenía seis años, (hace más o menos dos décadas), algunos fines de semana íbamos donde Doña Fabiola; ella era una anciana encantadora ya por esos años. Doña Fabiola era una viuda dueña de una finca cafetera, que estaba cerca de la ciudad X. La visita estaba siempre llena de emoción. Siendo niños podíamos correr, saltar, brincar; estábamos en todo momento encaramados entre árboles de naranja y mango y otras tantas atracciones naturales; cuando caía un poco el día con los nietos y nietas de Doña Fabiola jugábamos escondidijo y para eso el cafetal era nuestro mejor aliado, casi nunca nos encontraban. Mientras esperábamos bien escondidos entre algún árbol de café arábigo por ahí derecho y como travesurillas de niños robábamos algunos granos que estaban ya rojizos; no pocas veces quisimos comerlos, pero nunca supieron tan buenos como las ciruelas que son tan dulces y carnosas.

Los mejores días para hacer visita era desde luego los domingos desde la mañana hasta cuando callera la noche. Pues cuando las visitas eran esos días había mucha posibilidad que a eso de las tres de la tarde nos asáramos unos ricos plátanos maduros que el señor Evaristo, que ayudaba en la finca, tenía en la ramada. Recuerdo muy bien, ese saloncito aislado, frio y con techo de zinc que tenía además de los racimos de plátano, yuca, arracacha, banano, guanábana (todas las guanábanas estaban debida y curiosamente envueltas en su papel periódico de hace varias semanas atrás) Desde luego no faltaban las naranjas, los mangos, las papaya, (¡que rico era el dulce de papaya verde!) y el ají. También y en un rinconcito los cocos de caucho negro que atravesaban con cabuya y en donde estaban algunos restos de pepitas de café. ¡Siempre regresábamos de la finca a nuestra casa con comida!

Qué buen aroma y sabor tenía el café con agua de panela fría que nos daban cuando pasábamos sudorosos y cachete colorados de nuevo por la casa, luego de correrías entre las fincas vecinas. Pero seguíamos corriendo y en algunas ocasiones huíamos despavoridos porque alguna vaca loca nos mugía y alguna niña o niño gritaba más de la cuenta. Lo que más me gustaba era el sabor del sudado con pollo; siempre agarraba el muslo con la mano y me lo comía antes que las papas y la yuca, luego no quería papa ni yuca (risas) pero ahí estaba siempre mi mamá para no dejarme hacer lo que yo quisiera y terminaba comiéndose las papas con el ají en polvo hecho en la finca. Y dije me gustaba, en pasado, porque un día supe, que unos de esos ricos muslos pertenecían a uno de mis pollos que yo había llevado a la finca porque en la casa no se podían tener.

Al final del domingo junto a mis hermanos, Doña Fabiola, los niños, gatos, perros, loros, en fin entre todos todos los que habitaban aquella rustica casa cafetera, salíamos a realizar una despedida vecino por vecino, nunca quedaba nadie sin su apretón de mano, beso y palmadita en la espalda. También nos despedíamos de nuestras amiguitas y amiguitos con los cuales habíamos jugado futbol y baloncesto en la cancha que pertenecía a la escuela y a la vereda. Ante la última despedida, porque siempre eran varias, don Evaristo ya estaba alistando un pequeño costalcito con el revuelto para que lleváramos para la casa, bien amarrado siempre quedaba y él mismo se encargaba de subirlo al Jeep que nos sacaba a más tardar a las 8-30 pm. Siempre algunos de mis hermanos o yo se quedaba dormido y despertábamos en brazos de algún desconocido que ayudaba a mi mamá a lidiarnos.
¿Por qué les he contado todo eso, a quién saben cuántas personas que me pueden estar leyendo?, No lo sé… por hacer memoria, por dolor. Lo ignoro, lo único que sé es que la historia la viví de niño, y quedó en el pasado, no porque el tiempo pasa y nunca regresa como dicen, sino porque la finca a donde yo iba apenas si existe; ahora cuando tengo la oportunidad de volver, sería mejor llevar comida antes que sacar. Doña Fabiola sigue existiendo un poco más anciana al igual que sus hijos y nietos, pero todos trabajan o estudian en la ciudad, la finca lamentablemente ahora es una casa grande y derruida por el tiempo que solo sirve para dormir.

Estos recuerdos me hacen saber que antes en el campo, es decir, el conjunto entre fincas y campesinos era y se podía vivir. Que comer, educar y convivir, no era un imposible. Sin embargo, no sé en qué momento de esta tragedia patria, se nos hizo común el campo sin comida y ahora el campo sin campesinos; algunos dicen que fue con la entrada en vigencia del neoliberalismo en la década de los 90´s lo que quebró el campo. Los entendidos en el tema dice que la tierra ha sido uno de los motores del conflicto., me pregunto entonces de quién va hacer la tierra y sus frutos a futuro, si la historia que le acabo de contar sucedió en una zona relativamente bien integrada cerca a los centros de distribución y comercio. Qué será de las zonas históricamente marginadas y alejadas, será que también allá existirán muchas doñas faviolas, don evaritos a quienes tendremos que llevarle comida.

Ese bosquejo se alza hoy como el recuerdo de casi todo niño colombiano que tuvo padres que migraron del campo a la ciudad y cuyos padres no lograron desapegar del corazón, la tierra que les fue suya y la vida que de ella emana. La crisis de esta finca que yo conocí, asumo que es la crisis que vive el campo en general, con el agravante de que no contentos con quebrar el campo, han venido matando a los testarudos campesinos que no quieren salir de sus tierras para incentivar proyectos agroindustriales, ganadería o de explotación de recursos mineros. Ah, está tragedia patria…necesitamos pal’ campo algo fundamental, un proyecto, un modo de vida, que aunque suene paradójico, le apuesta a la vida….!yo sospechoso!